viernes, 16 de octubre de 2009

La madre de todas las madres

La influencia de una madre es poderosa para bien o para mal. Ésta ha sido una verdad aceptada a través de los tiempos. Las escrituras del Antiguo Testamento reportan un refrán popular que decía: “Cual la madre, tal la hija” (Ezequiel 16:44). El presidente Abraham Lincoln dijo en una ocasión: “Todo lo que soy, o puedo llegar a ser, se lo debo a mi madre”. Napoleón Bonaparte, el gran guerrero francés, también estaba consciente del papel de una madre cuando afirmó: “El destino futuro de un niño, es siempre el trabajo de la madre”. Aunque toda regla tiene sus excepciones, yo creo que este principio es válido en la mayoría de los casos. Somos en gran medida el reflejo de nuestra madre. No es mera casualidad que la madre de Adolfo Hitler haya sido una prostituta.




María, la madre de Jesús, es un ejemplo claro de la influencia que ejerce una buena madre. Jesús era Dios hecho hombre, pero ese hombre primero fue un niño y, como tal, necesitó del amor, del cuidado y de la dirección de María y ella cumplió cabalmente su papel. Jesús fue un niño y un adolescente ejemplar. Estoy seguro que en muchas cosas Jesús reflejaba la influencia de su madre. En María vemos algunas virtudes que toda madre debe buscar para el bienestar de su familia. La primera de ellas es la sumisión que mostró a la voluntad de Dios. De acuerdo a Lucas 1:28-33, el ángel Gabriel se le apareció y le anunció que había sido escogida para concebir del Espíritu Santo al Hijo de Dios. María podía haberse negado. Su capacidad de decisión estaba intacta. Desde luego que como ser humano, María tenía que considerar ciertos aspectos de aquel anuncio sorprendente. ¿Por qué ella y no alguien más? ¿qué pensaría José, su prometido cuando le dijera que estaba embarazada sin haberse aún casado? ¿qué diría la gente? ¿y qué significaba eso de concebir por obra y gracia del Espíritu Santo? Hay que considerar, además, que María era una jovencita de unos 13 o 14 años. Sin embargo, a pesar de que no entendía todo lo que le estaba pasando ni las implicaciones de aquel llamado de Dios a ser la madre de su hijo divino, su respuesta fue de total sumisión: “Aquí está la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38). María no opuso resistencia. Podemos, pues, concluir que tal vez la virtud básica para ser una madre ejemplar sea la sumisión a la voluntad de Dios aún cuando no la entendamos por completo y aún cuando esta obediencia implique riesgos y dificultades.


Una segunda virtud que vemos en María como madre es que fue una mujer dispuesta al sufrimiento a causa de su vocación. Toda madre al ver a su niño pequeño dormido en la cuna, ha sentido cierta intranquilidad, cierta inquietud del corazón de pensar qué le aguardará el futuro. Cuando María llevó al niño Jesús al Templo, Simeón le dijo, entre otras cosas: “Una espada traspasará tu misma alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones” (Lucas 2:35). Aunque no podía imaginar todos los detalles, María sabía de antemano que su hijo estaba destinado al sufrimiento. En efecto, aquel niño se haría hombre, sería crucificado por los pecados de la humanidad y el corazón de su madre sería destrozado. La vocación de madre parece que por definición implica sufrimiento y las buenas madres están dispuestas a pagar el precio.

Finalmente, María también fue obediente al llamado misionero de Dios. En la realización del primer milagro de Jesús en las bodas de Caná, la madre de Jesús jugó un papel protagónico. Ella sabía del llamado de su hijo, confiaba en su poder y se atrevió a empujarlo a realizar el milagro: “Haced todo lo que él os diga”, dijo. (Juan 2:5) La última vez que la Biblia se refiere a ella, la encontramos entre los discípulos que esperaban la llegada del Espíritu Santo en el aposento alto de Jerusalén. “Todos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hechos 1:14). María no es sólo la madre sino también la discípula del Hijo de Dios, la que promueve su causa, la que sin duda, tendrá un papel activo en la vida de las primeras comunidades cristianas. Toda la familia está allí. Toda la familia será cristiana.

María es un ejemplo de maternidad exitosa. ¡Qué diferentes serían nuestras familias con madres como ella! En el marco de las presentes festividades católicas relativas a la Virgen María, se me ocurre que tal vez la mejor forma de honrar su memoria sea simplemente imitarla en éstas y otras virtudes no mencionadas aquí por razones de espacio. María es la madre que todo hijo quisiera tener.
¡QUÉ MADRE!

María es un ejemplo de madre que todo hijo quisiera tener, dada su vocación de madre exitosa y prueba de ello fue el sufrimiento con el que siempre acompañó a su hijo Jesucristo. También María fue obediente al llamado misionero de Dios. Definitivamente, la Madre de Jesús, constituirá por siempre un ejemplo de maternidad para las mujeres.

MADRE EJEMPLAR
El éxito o el fracaso de un hijo o hija depende, en gran medida, del tipo de madre que haya tenido. María es el ejemplo clásico de una maternidad exitosa. Ella fue una mujer sumisa y obediente a la voluntad de Dios, estuvo dispuesta al sufrimiento y al sacrificio por causa de su hijo y participó fielmente en su ministerio. Las madres de hoy pueden honrar la memoria de María imitando éstas y otras de sus virtudes y así criar hijos de los cuales puedan sentirse orgullosas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario